Los mayos en la historia de los orientales

Fabian Muñoz 27 de mayo de 2016 Por
LOS MAYOS, de 1811, de 1976, de 2001 y 2016.
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Un 18 de mayo de 1811, un día como hoy, el jefe de los orientales, José Artigas, derrotaba a los españoles en la batalla de las Piedras, del otro lado del charco, en una astuta estrategia militar. No menos fue su decisión política de devolver al capitán español su espada, que le daba rango y autoridad, diciéndole al mismo tiempo: “clemencia para los vencidos”.

Fue su segundo hecho político. El primero fue la proclama desde su cuartel de Mercedes, dando inicio a la lucha contra los españoles, que controlaban la ciudad de Montevideo. Entonces, todavía no tenía diferencias con el gobierno de Buenos Aires.

Después lo esperaría el Éxodo del pueblo oriental, el primero, en el campamento del Ayuí en suelo de Entre Ríos, y después el exilio definitivo en el Paraguay, en 1820.

En lo que de alguna forma se llama el segundo éxodo de los orientales, que comenzó por el económico en la década de los 60. y siguió por el político a partir de 1972, con la persecución, prisión, muerte o desaparición, a militantes orientales; ó el exilio.

En este marco sucedió que el martes 18 de mayo de 1976, en Buenos Aires, fueron secuestrados a las 3 de la madrugada el senador Zelmar Michelini y Héctor “Toba” Gutiérrez Ruiz, Presidente de la Cámara de Diputados del Uruguay.

Zelmar y el Toba Gutiérrez Ruiz, junto a los ya entonces detenidos-desaparecidos Rosario Barredo y William Whitelaw, fueron descubiertos asesinados en un auto en la capital de la Argentina, el jueves 20 de mayo.

En esa fecha, desde 1995, se realiza la Marcha del Silencio en Montevideo, como conmemoración y denuncia.

En ese entonces había muchos orientales que habían cruzado el Río de la Plata en resguardo de su integridad física por causa de sus ideas políticas. Entre varios cientos/miles estaban Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz y Wilson Ferreira Aldunate. Este último en aquella madrugada del 18 de mayo de 1976 fue avisado a tiempo de los procedimientos que se llevaban a cabo contra Michelini y Gutiérrez Ruiz y pudo escapar y exilarse en otro país.

Esa época fue todo un período de supresión de las formas tradicionales de hacer política. Fueron los años posteriores al Mayo francés de 1968, donde se empieza a tratar de aniquilar la utopía.

El caso de los uruguayos desaparecidos en la Argentina no es un hecho común. Los que desaparecieron habitaban suelo argentino en calidad de refugiados políticos, formal o informalmente. El gobierno de facto uruguayo los había condenado, a una cárcel ó a un destierro. No tuvieron alternativa. Optaron por vivir en una sociedad parecida a la suya, con una historia común, con un lenguaje común, con costumbres parecidas como el mate y el tango.

El terrorismo de estado argentino de esa época, derivado del golpe de estado de la dictadura cívico-militar, no cumplió con los convenios internacionales y se violó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre y la Convención de Ginebra de 1951 sobre el refugiado político. Pero hay algo que agrava la situación de violación de derechos humanos y es la impunidad con que han obrado los servicios de la represión de la dictadura uruguaya en tierra argentina. Han venido a este lado del charco a delinquir, a violar, a torturar y asesinar, actuando impunemente. Desde hace muy poco tiempo se ha empezado a conocer la verdad.

Vale recordar también que, como establece la Convención contra la Desaparición Forzada de Personas (OEA, 1994) ratificada por el Estado uruguayo en 1995, el delito de la desaparición forzada tiene un carácter permanente “mientras no se establezca el destino o paradero de la víctima”.

En Uruguay ha crecido la conciencia y el consenso de la opinión pública sobre la necesidad de que se dé una respuesta sobre el destino de los detenidos-desaparecidos de una y otra orilla. Sectores de todos los partidos políticos, instituciones sociales, culturales y religiosas de la sociedad civil se han sumado a este reclamo que tiene indiscutibles dimensiones éticas, políticas e históricas.

Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz son representantes, junto a Rosario y a Willliam, y Manuel Liberroff, detenido – desaparecido el mismo día, simbolizan, además, el reclamo de verdad; una verdad sin la cual el Uruguay dejaría de ser el que fue.

¿Cuál verdad es la que se está buscando?

La verdad histórica, ni más ni menos. Saber cómo fue posible que unas fuerzas armadas, otrora orgullo y ejemplo de convivencia democrática, encaramadas en una dictadura se encarnizaran contra un pueblo totalmente desarmado; la de evidenciar que se practicó una sistemática represión desde el Estado uruguayo, tomando por asalto el Gobierno con la connivencia de civiles provenientes de las posiciones políticas más conservadoras.

El hecho de que se cumplan 40 años del asesinato de Zelmar y el Toba, y de Rosario y William, es algo que conmueve a todos. Muchísimas cosas han pasado en lo político, menos la verdad sobre lo que ha ocurrido en los tiempos de la dictadura. Eso es lo que hoy más duele; duele que pasen los años, los discursos, y sobre este tema no se avance nada; poco, puntual y no como política de Estado. Pese a todo hay pruebas de que la verdad tiende a aparecer y se abre camino, pase lo que pase.

No aspiramos a una verdad filosófica, sino a confesiones que apunten a cosas concretas. Que nos digan el porqué de las muertes y qué pasó con los desaparecidos. Que nos digan por qué detrás de un niño encontrado no aparecen los padres, vivos o muertos. A quienes reclamamos esto nos hacen aparecer como victimarios en lugar de víctimas, pero la gente sabe de sobra que no nos anima la venganza sino evitar que los mismos males se vuelvan a repetir en el futuro.

La condición de los desaparecidos es un caso extremo de “alteridad” ética: parte de la sociedad les quita toda cualidad humana a buena otra parte. ¡Se les niega su condición humana!

Se procura suprimirles el último lazo que tenían con la sociedad: se les niega hasta el derecho de estar en un lugar y referenciarlos en una fecha determinada . Sus familiares son forzados a vivir en una penumbra habitada de dudas y fantasías; manteniéndolos en un estado de crueldad y tortura permanente. Es un caso extremo de maldad (que va más allá de lo imaginable en la situación de los niños desaparecidos) puesto que para los familiares es una angustia presente suspendida en el tiempo, no pueden ni saben si están vivos o muertos, y en este último caso, no pueden ni enterrar a sus muertos que no están y, por lo tanto, tampoco pueden elaborar el proceso de duelo Para tener una idea cabal de esta situación basta pensar que no es equiparable a la de una tumba del “soldado desconocido”, que ayuda a canalizar el dolor de tantos familiares, desde el momento en que allí yacen restos reales de un soldado que pueden ser los de su familiar. No hay tumba posible del “desaparecido desconocido”. No dudamos que esta llaga abierta, esta penumbra en el alma respecto de la situación de los desaparecidos, trasciende la situación de sus familiares y afecta a toda la sociedad.

Triste es tener que conservar para siempre en la memoria colectiva el hecho fatal de que por la impunidad impuesta nos hemos convertido en un pueblo pusilánime, doblegado por abyectas amenazas de algunos delincuentes que obligan a olvidar y a dejar impunes sus crímenes. Es insoportable convivir para siempre con la propia vergüenza y con la dignidad perdida. La paz verdadera siempre es fruto de la justicia que restablece la memoria y los hechos delictivos aberrantes no quedan impunes.

Recién hace pocos años la sociedad está haciéndoles monumentos, generales y personales, a los detenidos-desaparecidos (Parque de la Memoria en la costanera norte de Buenos Aires y en el parque Vaz Ferreira, sobre la ladera sur del Cerro,de Montevideo donde está el Memorial en Recordación de los Detenidos Desaparecidos.

El mero transcurso del tiempo nunca es suficiente para sanar a una sociedad de la infección que padece por la impunidad. El problema queda enquistado en la conciencia nacional mientras no se le de el remedio adecuado. Aún más, esa enfermedad permanecerá y será alimentada por el mismo transcurso del tiempo indefectiblemente.

Cerrar heridas y reconciliarse no es olvidar. El olvido es signo de debilidad y es miedo al futuro. Quienes pretenden tender un “manto de olvido” sobre los crímenes aberrantes que se han cometido buscan impedir, en los hechos, toda reconciliación.

Los crímenes sucedieron; mientras están impunes afectan la conciencia o la inconsciencia colectiva nacional. La historia se hace con lo que el pueblo conserva en su memoria. Tendrá que conservar el hecho inocultable de los crímenes. Pero no le sumemos a esa memoria la impunidad, sino la capacidad de perdón y reconciliación.

La investigación de los crímenes siempre procura colaborar en la creación de las condiciones éticas para una reconciliación.

Sin tocar por medio de algún tipo de reconciliación esa herida purulenta que viene del pasado, es imposible pretender consolidar el Estado de Derecho.

Porque la consolidación institucional y democrática pasa por restablecer la actitud ética en todos sus niveles y en todas sus instituciones. Muy a menudo se argumenta que hurgar en acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas. Nosotros nos preguntamos a quiénes y cuándo se les cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación nacional, acá y en Uruguay, que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido.

Todo lo dicho implica una clara denuncia de intervención de personas vinculadas al aparato represivo uruguayo en territorio argentino (plan Cóndor) y eso que sucedió es a una violación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, de la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre y de la Convención de Ginebra de 1951 sobre el refugiado político, como dijimos al principio.

Una vez más la impunidad es el problema. Parece como si los estados no quisieran entender que la justicia no es un mito. Que la verdad histórica no se puede ocultar. Antes o después los pueblos desean y exigen conocer su historia.

Cabría recordar entonces en este contexto parte del ideario artiguista. Permítanme recordar que en Abril de 1813 José Artigas propone a sus diputados orientales en el Congreso de Tres Cruces, lleven a la Asamblea de las Provincias del Río de la Plata, las famosas “Instrucciones del Año XIII” donde se busca una declaración que dicte:

  1. a) la independencia absoluta de todo poder extranjero
  2. b) un gobierno republicano y federal y una confederación de provincias
  3. c) libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable
  4. d) igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y pueblos
  5. e) instauración de los tres poderes del Estado con independencia entre sí
  6. f) trabas constitucionales para prevenir y combatir el despotismo militar

También en su apogeo político-militar con base en Purificación, dijo Artigas al Cabildo de Montevideo, el 18 de Noviembre de 1815:

“No conseguiremos jamás el progreso de nuestra felicidad si la maldad se perpetúa al abrigo de la inocencia. Llegado es el tiempo en que triunfe la virtud y que los perversos no se confundan con los buenos”.

La frase tiene la virtud de permitirnos centrar en sus justos términos el complejo tema de las consecuencias éticas que la impunidad tiene en la vida de un pueblo.

Hay mojones en el camino; en Entre Ríos, cerca de la represa argentino-uruguaya de Salto Grande hay un monumento que recuerda el primer éxodo del pueblo oriental, en el Campamento del Ayuí; en Buenos Aires hay en la Plaza Artigas – Av. Libertador y Tagle – otra placa que recuerda que hubo otra diáspora generalizada de orientales y que hubo algunos que no pudieron volver a su tierra, asesinados o desaparecidos, como tantos otros luego de la vuelta a la democracia en 1985.

Es nuestra voluntad que en nuestras tierras impere la justicia. Es nuestra voluntad que nuestros desaparecidos nos unan para la construcción de un mundo donde no haya más víctimas ni victimarios. Es nuestra voluntad que tanto dolor, tanta muerte no haya sido en vano. Es nuestra voluntad que la historia nos una cada vez más en la construcción de un mundo mejor y más solidario.

Ese encuentro en mayo del 2001 en la Plaza Artigas (Av. del Libertador y Tagle) y la colocación de esa placa – colocada a 25 años de los sucesos ignominiosos de mayo de 1976 que hoy rememoramos, a los 40 años de aquellos hechos, significan la voluntad de seguir reconociendo que los valores de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la paz son imprescindibles para la construcción y el desarrollo de una democracia responsable.

Recordamos que Artigas dijo también esta frase:

“….En el camino del honor, del que jamás me he separado, me he hallado al frente de los derechos sagrados de mi Patria que he defendido y defenderé hasta donde el soplo de mi vida me anime”….”En la unión está nuestro poder y sólo ella afianzará nuestro presente y nuestro porvenir”.

10 de octubre de 1816, de José Artigas a Pueyrredón

mayo de 2016

Fabián Muñoz Rojo

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