Violinista, candombero y superhéroe olímpico

Uruguayos 11 de agosto de 2016 Por
El uruguayo José Leandro Andrade fue el primer crack negro del fútbol. Ganó con La Celeste los Juegos Olímpicos de 1924 y de 1928. Más tarde fue campeón del Mundial de 1930.
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Andrade, detrás del mostrador, sirviendo ginebra. En el campo de juego, resplandecía.

Los Juegos Olímpicos eran una suerte de Mundial. En esos días de los años veinte todavía la FIFA no había creado su perfecta joya, la más deseada. Pero el fútbol de élite ya sucedía. Y el Río de la Plata ofrecía a los mejores exponentes. De repente, en el deporte que era jactancia británica, desde el sur del sur aparecían los mejores futbolistas y los equipos invencibles. José Leandro Andrade era negro, mediocampista, atleta, violinista, amigo del candombe y de los goles que resultaban una celebración del carácter lúdico. Fue crack no sólo en su país sino también en los grandes escenarios. Con él, Uruguay ganó las medallas de oro de París 1924 y de Amsterdam 1928 (ante Argentina, en desempate) y tres Copas América. Luego, se impondría en la Copa del Mundo de 1930, en su tan cercano Centenario.

Andrade era un audaz. Adentro del campo de juego, territorio de sus mejores osadías. Y afuera, donde también era un artista, un seductor. Eduardo Galeano lo describió con un puñado de palabras en su libroFútbol a sol y sombra: "Fue negro, sudamericano y pobre, el primer ídolo internacional del fútbol". Y también contó sobre el asombro que su fútbol generaba: "Las gambetas de los jugadores uruguayos, que dibujaban ochos sucesivos en la cancha, se llamaban moñas. Los periodistas franceses quisieron conocer el secreto de aquellas brujerías que dejaban de mármol a los rivales. José Leandro Andrade, intérprete mediante, les reveló la formula: los jugadores se entrenaban corriendo gallinas, que huían haciendo eses. Los periodistas lo creyeron, y lo publicaron".

Jugó en los dos gigantes de su tierra: Peñarol y Nacional. También tuvo un escueto y poco recordado paso por el fútbol argentino: anduvo por Atlanta y por la fusión Lanús-Talleres de Remedios de Escalada, en los años treinta. En todos lados, más allá del desenlace, ofreció lo mejor: su vocación por la belleza del juego.

Recorrió la vida entre paraísos e infiernos, sin miedo, sin pausa. Lo retrató el escritor Julio César Puppo: "En París fue la novedad. Se le dispensó una admiración supersticiosa. Se lo disputaron las lindas francesitas como a un extraño amuleto, con algo de temor, algo de curiosidad y quién sabe qué extraño sensualismo salvaje. (...) Se levantó hasta los labios perfumados de las finísimas parisinas, para ser devuelto a la calle, más pobre y abandonado que antes". Era de oro y de barro.

Era un militante de la bohemia de su Montevideo. Ni los encantos de los ojos claros de una condesa consiguieron doblegar su apego a los viejos hábitos aprendidos cerca del puerto. Ella lo fue a buscar para llevarlo de regreso a Europa. El decidió quedarse en su barrio. Murió de tuberculosis a los 55 años, en la soledad de un asilo. Cuenta la leyenda que la condesa jamás lo olvidó. Tampoco la estupenda historia del fútbol uruguayo.

Fuente: Clarin

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