Un siglo de la gama ciega y la tortuga gigante

Uruguay 26 de marzo de 2018 Por
Los cuentos de Quiroga siguen tan vivos y celebrados como contrapuestos a mucho de lo que hoy se espera de la literatura para niños
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El primer tigre cae muerto, con la frente agujereada por un tiro. Pero hay más tigres y un hombre que huye de ellos. Un carpincho le alcanza un rifle Winchester y, en cuestión de dos minutos, los mata a todos. Los cadáveres caen al río y allí son devorados por palometas y dorados. Esa es parte de la resolución del cuento El paso del yabebirí, que narra de forma cinematográfica y sangrienta cómo las rayas de un río ayudan a un hombre que huye de un tigre. Por ese tono enfocado en la acción, tal vez sea el que aún se siente más intenso de todos los relatos de Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, que cumplen 100 años desde su primera edición en libro.

También está La abeja haragana, cuya moraleja es, por lo menos, plomiza. O Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre, cuyo enfoque de la domesticación indignaría a cualquier animalista de la actualidad. Por otra parte, La guerra de los yacarés daría una pequeña revancha a esos mismos animalistas, aunque pondría en apuros a una maestra que tuviera que explicarles a sus alumnos cómo los héroes dejan un tendal de cadáveres y se burlan de los que sobreviven. En El loro pelado se cuenta tranquilamente cómo nueve balines entran en el corazón de un tigre. O en La tortuga gigante, la herida del animal consiste en que tiene "la cabeza casi separada del cuello... colgaba casi de dos o tres hilos de carne". Y en Las medias de los flamencos estos animales se ponen en las patas cueros de víboras cazadas por una lechuza. 

"Si Quiroga quisiera publicar los Cuentos de la selva ahora, no podría, porque le dirían que es violento, que hay sangre", comenta Roy Berocay.
Ciertamente, ha pasado un siglo desde que fueron escritos para niños, como se nota en esos ejemplos y en el hecho de que muchas de las historias sean generosas en diminutivos y cierren con una moraleja. Nada de eso es obstáculo para que, tras un breve vistazo por distribuidoras y en Mercado Libre, se encuentren al menos 15 ediciones relativamente nuevas a cargo de varias editoriales e incontables ediciones viejas. La más reciente es la de la casa española Nórdica Libros, lujosa y bien ilustrada, que cuesta $ 930. Y todo eso sin contar las reediciones del resto de la obra del salteño, que no dejan de aparecer. 

En una de las salas se exhiben libros de Quiroga en 18 idiomas, entre ellos ruso, chino, holandés, farsi y vasco.
Al igual que cuando el año pasado se celebraron los 100 años de Cuentos de amor de locura y de muerte, en 2018 habrá algunas actividades conmemorativas en Salto. Después de todo, entre ese aniversario y este, lo que corre por detrás es el recuerdo de un período particularmente prolífico de Quiroga, cuya cosecha lo convirtió en un referente histórico para el cuento latinoamericano del siglo XX. De hecho, esos textos contundentes y de adjetivación certera de Cuentos de la selva están muy cerca de las historias de formación de autores actuales, que escriben en un tono muy distinto y arrasan entre niños y jóvenes, como Helen Velando, Roy Berocay y Federico Ivanier.

Recuerdos y cenizas
Más allá de los libros que se reeditan año tras año y que siguen circulando por librerías y bibliotecas, queda un testimonio fuerte de Quiroga. Está en el departamento de Salto y es el museo que lleva su nombre. Ahí, en una de las cinco salas dedicadas a sus objetos, hay un busto suyo que contiene sus cenizas. Y, detrás del busto, están los álbumes de firmas del velatorio de Quiroga. 


Foto: Bibiloteca Nacional, archivo literario, colección Horacio Quiroga
Por la casa-museo pasan unos 400 visitantes al mes, estima Miriam Gómez, una de las encargadas y guías del lugar. Aproximadamente la mitad se esos visitantes son turistas, que en su mayoría son argentinos y uruguayos, pero también de otras nacionalidades. Tal vez esto sea un reflejo de la fama que ha alcanzado su nombre gracias a las traducciones. En una de las salas se exhiben libros de Quiroga en 18 idiomas, entre los que aparecen el ruso, el chino, el holandés, el farsi y el vasco.

Hace unos 10 años, el escritor salteño Leonardo Garet, fundador de la casa y principal divulgador de Quiroga, presentó en Nueva Delhi la primera traducción de Cuentos de la selva al bengalí. Podía haber sido una buena excusa para comparar cómo Quiroga y Rudyard Kipling, el gran escritor del imperio británico y autor de El libro de la selva, retrataron para los niños de su tiempo la naturaleza salvaje y los animales en relación con el ser humano. 

Ver en el museo las primeras ediciones de su obra es una experiencia privilegiada para el visitante, toda una rareza, aunque no se advierta de ello. De hecho, la primera de Cuentos de la selva fue hecha en Buenos Aires por la Sociedad Cooperativa Editorial después de que habían sido publicados por separado en las revistas Fray Mocho, El Hogar y Caras y Caretas. Es que no circulan primeras ediciones de Quiroga entre librerías de coleccionistas, según cuenta Álvaro Risso, histórico librero de Linardi & Risso. Esta carencia, dice, es solo comparable con la falta de primeras ediciones de obras de Delmira Agustini. 

"¿Quién dijo que los niños son ajenos a la crueldad en la vida cotidiana y en la literatura?", se pregunta el escritor Federico Ivanier.
Uno de los objetos centrales del museo es la bicicleta de Quiroga, aunque también están muchas de las herramientas que usaba y algunos de los libros que encuadernó con cuero de víbora durante sus años en la selva de Misiones. A su manera, la mortalidad del autor, la inmortalidad de su obra, la artesanía y la vitalidad y hasta su oscuridad están reflejadas en esas cinco salas y sus objetos. 

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Foto: Bibiloteca Nacional, archivo literario, colección Horacio Quiroga

Para el aniversario, el departamento de cultura de la Intendencia de Salto programa cuatro conferencias que se realizarán a partir de setiembre, el mes del nacimiento de Quiroga. También llevarán al departamento una compañía de teatro de La Plata que trabaja con sus obras. Pero antes, desde mayo, comenzará una gira de narradores que irán por las escuelas, contando los cuentos e insuflándoles nueva vida, del mismo modo que se hizo el año pasado. Y, por otra parte, coincidirá con la celebración del concurso bianual de cuentos que lleva su nombre. 

Sangre y moralejas
Es curioso, pero estos Cuentos de la selva tan reeditados y recomendados por padres y docentes sin un instante de duda, parecen algo alejados de los estándares de lo que se les da a los niños para leer actualmente. Al menos lo parecen, con sus cabezas colgando de hilachas y perdigones incrustados en corazones de animales. 

"Te abrían a un mundo increíble que por suerte me lo transmitieron en la escuela, porque en casa había muy poco libro", dice Helen Velando.
"Si Quiroga quisiera publicar los Cuentos de la selva ahora, no podría, porque le dirían que es violento, que hay sangre", comenta Roy Berocay. "La parte de la moraleja de estos cuentos no me gustó nunca. Entiendo que hoy existe una especie de presunción de que los niños son fácilmente impresionables y moldeables, que leen y que de inmediato van a cambiar. Pero no es así, son más resilientes de lo que uno cree. Si se crían en una especie de burbuja, después un nene les pega y no entienden nada. El niño no te va a salir violento porque lea cuentos así o porque vea una película; los niños saben separar la realidad de la fantasía. Por eso me preocupa que estemos yendo a este mundo políticamente correcto que hace que todo el arte para niños sea tan lavado y tan fofo que no va a significar nada. Creo que la lectura es una forma de prepararse para la vida".

En El loro pelado se cuenta tranquilamente cómo nueve balines entran en el corazón de un tigre. O en La tortuga gigante, la herida del animal consiste en que tiene "la cabeza casi separada del cuello... colgaba casi de dos o tres hilos de carne". Y en Las medias de los flamencos estos animales se ponen en las patas cueros de víboras cazadas por una lechuza.
Federico Ivanier opina: "Todo el mundo tiene mucho miedo al factor de la crueldad, sobre todo porque hay mediadores, que son las maestras. El tema con Quiroga es que él es un sello por sí mismo y tiene la autoridad, ganada en el tiempo, que hace que en su caso eso no sea un tema. Porque ya se aceptó desde magisterio que Quiroga es un autor del canon, entonces importa más el autor que el tratamiento. Hay otro punto relevante: ¿quién dijo que los niños son ajenos a la crueldad en la vida cotidiana y en la literatura? Los cuentos de hadas son crueles, terribles y por eso son hermosos. Habría que ver, más allá de todo, cuánto circula, cuántos niños realmente lo leyeron. Porque como lamentablemente tenemos poca información de cuánto circula la literatura uruguaya en general, tal vez tenemos una intuición de que impactan mucho más de lo que realmente impactan. En una de esas, como hoy tenemos una saturación tan grande de oferta, los docentes van a lo que conocen, no por mala voluntad sino porque no están entrenados para conseguir material nuevo".

"Tampoco podemos olvidarnos del contexto del autor, de la época" acota Helen Velando. "Me pongo a pensar en los libros que yo amaba de Quiroga y son de una violencia tremenda. Hoy en día la ANEP no sé si aceptaría algo así. Vos no podés separar su vida, que era intensa y terrible, de sus historias y de su época. Era un tiempo en que el niño era visto como un adulto chiquito, y esa forma tal vez se refleja en su escritura. Es como lo de las moralejas, que eran de esos tiempos en los que la enseñanza también era diferente. A pesar de esa forma tan cruda tiene otros valores que pasan por contar un mundo y una vida agreste. Y está tan bien hecho que, justamente, por eso se siguen eligiendo. Hoy en día todos escuchamos cosas espantosas en los noticieros, pero acá hay un aporte por el escritor. Yo creo que la vigencia se debe a que Quiroga supera eso, tiene un virtuosismo y unas emociones que van más allá del tiempo".

Quiroga y yo
Roy Berocay
“No los leí de chico, pero de alguna manera empecé a escribir para niños gracias a los Cuentos de la selva. En la dictadura quería leerles de noche a mis hijas y les leí los cuentos. Una y otra vez. Llegó un momento en que todas las noches eran los mismos cuentos, así que fui a buscar algo uruguayo que fuera parecido. Encontré solo una antología de cuentos para niños que parecía escrita en español antiguo. Decidí contarles cuentos, pero al estilo Quiroga, con lenguaje simple. Y más adelante, cuando me plantearon escribir cuentos para niños, lo primero que me vino a la mente eran esos cuentos y ese estilo con el que no tenías que explicar nada. También apelé al ‘Decálogo del perfecto cuentista’. Eso siempre me sirvió, el evitar el exceso o el adorno por sí mismos y lo practico, hasta ahora”.

Federico Ivanier
“Los que nacimos en la época de la dictadura, seguramente antes también, sentimos una gran presencia de Quiroga. Además mi madre era maestra. Cuentos de la selva es un libro monumento, un emblema. Uno de los que más me emocionó como niño fue el de La tortuga gigante, del que tiempo después me llegó la posibilidad de hacer una versión para McDonald’s en la cajita feliz. De casualidad, porque me lo asignaron. Me permitió ver el cuento con otra distancia, ver sus bondades, su estilo eficiente de escritura y las cosas que yo no tomaría para escribir. Era como una gran responsabilidad y lo que hice fue no agregar ninguna palabra, sino simplificar las oraciones hasta donde podía. Era una obra muy importante como para agregarle la presencia de otro autor”.

Helen Velando
“Los de Quiroga deben ser de los libros que más me marcaron. Tenía una maestra que lo adoraba y por eso a través de la escuela tuve mi primer contacto. Para mí te abrían a un mundo increíble que por suerte me lo transmitieron en la escuela, porque en casa había muy poco libro. Tenía toda la magia y la belleza de la cosa agreste, que me atraía muchísimo. Con el paso del tiempo, la primera obra que escribí en teatro, antes de la literatura, fue la adaptación de La guerra de los yacarés y Las medias de los flamencos que creo que armamos con Rubén Yáñez en El Galpón. Los flamencos eran unos títeres enormes que los titiriteros se calzaban a los pies. Con su forma de narrar los lugares, la selva y esos momentos opresivos y mágicos a la vez, encontré una ventana para un mundo desconocido y fascinante”.

Fuente: El Observador

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